domingo, 24 de noviembre de 2013

Quietud.


Ahora
prendado el ánimo sereno
hay tal silencio entorno
que no me atrevo a pensar

jueves, 21 de noviembre de 2013

Es.cultura de tiempo


En este instante 
el último segundo,
sólo tiempo
al tiempo deshojado.
Espíritu curioso, 
en cuanto pasa se atesora
diluido en el mar de la memoria.
Mientras 
perdura acumulado,
arenilla humedecida,
en la costa del ahora.

lunes, 11 de noviembre de 2013


Declaración al comienzo de mi libro titulado “CONFINES”.....

Este libro presenta un juego reflexivo que evoluciona a través de diferentes estancias acordadas entre poesías y dibujos.
La palabra poética sigue pautas temporales, melódicas, crea climas propicios para el conocimiento del alma, pausas policromas que favorecen y articulan el estremecimiento lírico a su rítmico aliento.
En cambio los dibujos se rigen por patrones espaciales. Representan las líneas creativas con las que el silencio sujeta a la palabra y la imagina, transgrede las lindes del idioma y lo universaliza. Algunos dibujos complementan a la poesía ilustrándola, otros aumentan aún más la paradoja textual, otros simplemente testifican lo expresado en la escritura, otros lo ironizan…

El título del libro, Confines, se impuso por sí mismo emergiendo del verso del poema titulado "Signatura":

“Remembranzas de un hombre árbol
 enraizado en los confines de lo humano”.

Me di cuenta de que “confines” desvelaba el vínculo íntimo que convertiría en libro lo que antes era un muestrario inconexo de poesías; la idea de añadir los dibujos llegó después.
Debía comprobar hasta qué punto cada poesía armonizaba con respecto a la tónica que proporcionaba el título, y asegurarme de que funcionaban como diferentes acordes de la obra total. Durante los sucesivos repasos quedaron intactas, en lo esencial, más de la mitad pero las otras fueron modificadas. Eliminé dos claramente disonantes e incorporé una nueva, “Fractal”. Entre tanto, buscaba cómo distribuir las poesías para que siguieran una trama argumental. Tenía claro dónde comenzar y adónde llegar, porque las tres primeras y las dos últimas ocuparon su lugar desde el principio.
 Pero, aún trabajando en ello, la fascinación que me trasmitía la palabra confines no disminuía con el tiempo. Me cautivaba quizá por la ambigüedad, rayana en la paradoja, que confluye en su horizonte semántico, al pairo de las diversas realidades del ser.
El sustantivo “confín” no suele utilizarse en el habla cotidiana; cuando surge, la conversación adopta un cariz narrativo que invoca, a su paso, aventuras, lugares de frontera, climas extremos, lejanía, exotismo, gentes de idioma y hábitos desconocidos, o investigaciones y expectativas de la mente en los dominios del enigma que alienta la persistencia de la vida.
Por el contrario, el verbo “confinar” produce una impresión coercitiva. De uso marcadamente práctico, conectado normalmente con alguna problemática social, suele presentar la solución menos inteligente, la que evidencia falta de comprensión de la totalidad del fenómeno del que se trate. Por eso habla de imponer límites, apresar algo o a alguien, aislar a un grupo, o sepultar los residuos radioactivos, generados por los intereses espurios del mismo poder que los buscó, los calumnió o los generó, además suele ser la puerta para la crueldad y la destrucción.
Curiosamente, “confines”, por plural, incluye ambos aspectos. Con la salvedad de que todos los confines naturales, surgidos de la adaptación al medio, son zonas relacionales, de amplitud variable, de doble dirección,  de recepción y de emisión, de aceptación y rechazo, de encrucijada y de intercambio, de crecimiento y mengua. Se trata de ámbitos de extensión diversa, principio y fin, origen y meta, contenido y periferia.
Esa cualidad bifronte, de cualquier espacio limítrofe, posibilita la infinita variedad del mundo. Gracias a su versatilidad, los límites articulan todos los niveles y estratos de la naturaleza, desde los más simples a los más complejos. Ya se trate de fronteras, pieles, cortezas, membranas, culturas o campos –cuánticos, de labranza, o semánticos- son ámbitos permeables que protegen a la vez que conectan activamente los diversos gradientes de la vida, desde los más densos a lo más sutiles.
Densa simpleza, sutil complejidad; la intrincada trama de la naturaleza, confinada entre el fuego nuclear planetario y el vacío cósmico, pueden desvelar una finalidad trascendente cuando se considera a sí misma desde el confín de la consciencia humana.
Sí, a través de la humanidad, la naturaleza crea un bucle mental sobre su propio enigma e impele, a algunas mujeres y hombres, a responder creativamente y a buscar con denuedo la razón de sus sueños y anhelos.
Las diferentes culturas nacieron de esa pulsión natural hacia el conocimiento. Por eso los mitos cosmogónicos, que remiten al misterio del origen, sellan en la memoria colectiva los cimientos culturales que dan cohesión al grupo, y de los cuales la narración poética, o el canto, son la muestra primigenia[1].
Así pues, la naturaleza se manifiesta en cultura y ética a través de la realización de la humanidad, sin embargo, la esencia de la “condición” humana reside en el componente ético. Más allá de los instintos culturalmente matizados, la evidente falta de interés general por alcanzar algo de sabiduría muestra la fragilidad que subyace a los intentos de humanizar la especie, por ingeniosos que sean.

Locura y cordura, sueño y despertar, salud y enfermedad, el mal y el bien, son polaridades cuyos confines palpitan en nuestro ser, tan íntimamente imbricadas que no existen la una sin la otra, como el día y la noche que mutuamente se contienen.
En este cosmos surgido de la dialéctica de los opuestos, la tensión fluyente entre la sístole y la diástole afina la memoria del poeta, y, desde el vínculo ético logrado, pugna con el idioma por encontrar el manantial del evasivo misterio…
Palabras, palabras, confinadas en sí mismas, en silencio, parecen nada, pura potencialidad, pero en cuanto se pronuncian son veneno o medicina, semillas o piedras, según las cargue la intención de vivificar o mortificar, “bien decir” o “mal decir”; para limitar y conservar o para liberar y renovar.
Las palabras crean y recrean nuestro mundo. Aunque su misterioso significante se desgaste con la usanza y la costumbre -o se arruine con adherencias fantasmales y apropiaciones indebidas, prejuicios y tópicos- aún así, cada palabra pronunciada genera una onda anímica intencional, un confín que se aventaja a sí mismo. Al significado literal la envuelve un aura simbólica vibrante que resuena en la mente que la escucha informada de matices… que se responda con comprensión o se reaccione visceralmente, marcará la diferencia.

Como poeta asumo la responsabilidad de procurar la colaboración del daymon creativo con la afirmación de la condición de humanidad en el amor y a través del amor, siguiendo ese criterio secreto que redimensiona la psique y la expande a la vez que la concentra. A veces sólo es cuestión de afinación, de tensión justa, de modo que la red cerebral resuene armónicamente con la red cordial.
Cuando dedico mi atención a la tarea poética procuro mantenerme despierto en la linde de la consciencia, atento a lo informe que parece anhelar pasar del no-tiempo al tiempo; si logro atraparlo con mi red anímica, observo cómo se modela adquiriendo proporción y cifra, vinculado  al influjo que lo admira. Ahí, en la intimidad, hago balance y si comprendo que no tiene sustancia, o que no quiero, o no puedo, responsabilizarme de lo escrito, por la razón que sea, lo devuelvo sin más al mar del que provino.
Subjetivo, sí; fantasioso, más o menos Imaginativo, también; filosófico sin duda. Únicamente en la ideación perdura la utopía.
Y sin embargo no puedo evitarlo, ni quiero. Me inquieta ese anhelo por conseguir lo imposible,  que lidia consigo mismo y con el idioma, por transmitir el arcano que permite a la mente advertir sus confines afirmando, al mismo tiempo, su trascendencia. Ese intento denodado por desentrañar el rumbo encriptado en el corazón del ser, aquello que colma la cesura existente entre la narración y la vivencia, que llena esa distancia y nos sitúa en el núcleo del límite entre la eternidad y el tiempo, entre lo ideal y lo real. Condensación de la vivencia de eternidad confinada en un tiempo breve.
Ser humano, paradójico confín, que pugna por lograr la coherencia mental suficiente que le permita moverse con albedrio en el mundo del espíritu, por el espacio ilimitado de lo inconsciente. Lograr mantenerse a la escucha en medio del silencio denso que guarda la emergencia inspiradora. Vacuidad, ojo divino del que mi alma es pupila, eje del destino que asume lo real y convoca la suerte de los días.
Sí, ya sé que es vano el intento de pretender expresar con el lenguaje poético lo inefable, tanto como con el dibujo lo inimaginable, pero sin embargo no existe nada más sabroso.
Me juego mi propia sanación en la consecución de esa fantasía de comprender, de tentar el pensamiento ético que explora los sentidos de la vida física, que la interroga en sus pliegues y la recrea imaginándola vibrante a través del léxico, transmutando el grito en canto.
Tentativa que convierte a la escritura misma en metafórica plasmación de cierta substancia anímica que tiene más de savia que de sangre. Sangre espiritual proyectada y cautiva en el papel por la magia de la escritura que la codifica.
Una vez solidificado, el sentir poético permanece hibernado entre las páginas insistiendo sin sentido. Apenas percibe el tacto atento, la página reverbera presta a comunicar su numen, al aliento renovado en la lectura.

                                                                          Náquera 31 de Octubre del 2012.



[1] De ahí su sacralidad ya que, al igual que el hueso sacro, los mitos sobre el origen se encuentran en la base de  la columna vertebral religiosa que articula una cultura cualquiera. Además, en la forma y función de ese extraño hueso se descubre el secreto de la bipedestación.

Signatura.

Letras, sombra sólida
de sentidos proyectados
sobre el papel membrana de las voces

Remembranzas de un hombre árbol
enraizado en los confines de lo humano.

De profunda copa serpentina
izada en la heredad de las palabras.
De raigambre exaltada de ideas esmeraldas.
De telúricas entrañas
abiertas por el rayo de los días,
el tronco lacerado de paciencia ética.
De semillas propagadas
al sabor de la divina fruta
desparramada entre sus hojas.


Ser arbóreo.